El orgullo maltrecho me habla todo el rato. La vida tiene sus propias exigencias, pero no las muestra todas a la vez.
A todos nos debería haber ido mejor, decimos al inseguro vacío.
Teníamos que haber sido otros. Pero somos alguien.
Mi dolor es uno más y eso lo hace irrelevante. El apellido de un nombre cualquiera.
Un apéndice de existencia. Así se habla un mortal.
Continúan las peleas. No tan absurdas. Siempre tomando nuevas formas. La interacción es creación. Confluencia.
Es inaceptable, de algún modo, seguir aprendiendo a vivir. Después de todo lo que hemos pasado. Lo que hemos creído. Y descreído.
Hablamos de lo que queda. Reconozco que vivo distraído. El entretenimiento es necesidad. Relleno.
Es porque ahora me cuesta más llenar el tiempo. Convencerme, empujarme. Creerme algo.
Mi excusa de no vivir de otra manera no es mejor que la de cualquiera. Aquí seguimos, después de todo. Rellenando el tiempo.
Me digo, por ejemplo, que debería ser mejor un texto, una conversación, una confesión, si se planea. Si se organizan sus piezas lo mejor posible.
Si lo dijera hoy, estaría mintiendo.