Últimamente, cada vez que veo ciertos conceptos, me siento perturbado. Indispuesto. Huidizo.
Ávido, rapaz.
Conceptos que me hacen caer en la cuenta, nuevamente,
de que no he dominado mi vida,
sino que he estado a merced del desconocimiento,
el extravío, el exceso. De un desvarío a otro.
Como un títere de los deseos
que surgen de mí o se me ponen delante.
Incluso a merced de una especie de locura cotidiana.
Como ahora, un peso en el estómago.
Psicodinámica.
Mentira.
Parte insuficiente.
Manía.
Intentos de explicación que perecerán
antes que nosotros.
Pero me encuentro en medio y lo sufro todo.
Yo quisiera sentirme de otra manera.
Es duro ser apasionado. Sensible.
Echo mucho de menos la familiaridad.
Qué más iba a poder añorar, idealizar?
Y todos nos sentimos igual.
Y todos huimos.
Y esperamos.
Pero debéis disculpar mi palabrería.
Es más sencillo
y yo, a veces, lo complico. Cuando me extravío de nuevo.
Aunque calle, sigo hablando por dentro.
Qué diferencia hay, entonces?
El desconocimiento de los demás.
Su fugaz apoyo o desprecio,
si no trabajamos duro.
Y cuánto aguantamos?
Cuánto nos diferenciamos de la norma?
Cuánto nos convencemos de nuestro triunfo?
Ojalá pudiera desahogarme mejor. Expresarme mejor.
He llegado hasta aquí
como un pedazo despedido de mundo
que no puede rendirse todavía
y que no sabe contra qué lucha
porque se desconoce a sí mismo
y deja rastros amargos
sombras
que no pueden cambiarle,
que no son como él.
Porque le atormentan.
Y de ellas surge el mismo deseo,
inmortal en vida,
invicto. Porque intentó ser ignorado por las épocas
en vano.
Cargas de las que siempre quiere deshacerse.
Porque no hay otro poder que ese mismo:
el de deshacerse de las cargas,
y lo demás es palabrería, ciertamente.
Locura, mentira o lo imposible.