Ocultar mi rostro, que mi rostro esté oculto a mí mismo por dentro, es una vergüenza.
Toda mi vida he buscado sinceramente la belleza y he visto cómo se escapaba delante de mí, cómo me golpeaba el corazón una fría y culpable indiferencia y desconocimiento, totalmente ajena a lo que soy en realidad.
No he encontrado ningún medio mejor para expresarme que la escritura. Muchas veces, me parece incluso más puro que la propia conversación, de donde vienen estas palabras y significados sin vida, los que después tú reconocerás.
Me siento interpelado por el misterio de la humanidad. A menudo nos desanimamos y llegamos a creer que este misterio no existe, pero es mentira. Existe y es más real que tú mismo. Existirá cuando tú ya no estés, cuando no seas nada o ya no estés aquí y no vuelvas.
Me siento triste a menudo. Triste porque creo que mi vida no es la que debería ser, porque estoy convencido. Y no me gusta sentirme así; siento que es culpa mía.
Es imposible esforzarse lo suficiente, pero podemos llegar a olvidarlo con enormes y organizados esfuerzos.
El paso del caos al orden se llama poder.
Creí descubrir, sinceramente, hace algún tiempo, que la filosofía, la sabiduría era importante, incluso sagrada. He visto con amargura, cómo se extravían nuestros caminos en la nada y el vacío. Cómo estamos obligados a someter nuestro corazón a un poder superior y misterioso, del que nada sabemos. Sólo que existe y no es nuestro. Porque no es esclavo de nada. No se lamenta por nada, no tiene necesidades, ni miedos. Ni es víctima de sus propias pasiones.
Creí que bastaba con imitar lo sublime y que en eso consistía la belleza. En la imitación que venía de la inocencia. Me he extraviado toda mi vida, por la ternura de mis seres queridos. Qué habría sido yo sin ellos?
A lo mejor no estoy preparado para ser tan fuerte. A lo mejor no quiero serlo, y me regocijo en la cobardía de mi espíritu. Pero incluso en ese momento, añoro el coraje que debió haber sentido uno, cualquier otro, mejor que yo. Uno que decidió vencer sus miedos, someterlos, amarrar sus pasiones. Porque ya está escrito y no cambiará. Nosotros volveremos a caer. Tal vez algún día, nuestros descendientes sean más fuertes de lo que nosotros jamás pudimos soñar.
No sé con qué me conformaría yo. Idealizo detalles estéticos que siempre acarician mi corazón. Me basta la mediocridad para tener compasión, dentro o fuera de mí. No me siento capaz de ser más sincero. Todos perdemos tesoros que valoramos demasiado. Olvidarlos es como la organización mínima de la naturaleza, que sólo sigue adelante.
He sido salvaje en mi peor momento. Ese que no ha sido tan malo. Y he intentado poseer más belleza de la que he conocido, porque estoy hecho para el exceso, la desmedida y la inquietud. Ojalá no fuera así. Ojalá fuera un ideal frío y completo. Pero soy una criatura dependiente, pequeña y breve. Frágil, que nada sabe de sí misma por dentro, mas que pronto volverá a temblar y a padecer. Estos son hechos consumados que no puedo cambiar, a los que renuncio cambiar. Quizá no sea mi objetivo. Quizá no quiera que lo sea.
Del mismo modo que soy acusado, acuso a las grandes mentes del pasado que florecen hoy, en aquellos que les atienden. Aquellos que buscan la autoperfección de su corazón. Yo ya he dicho todo lo que tenía que decir. Lo repetiré una y otra vez. No renuncio a este vicio desesperado y no creo que haya vicios que no lo sean. Esta es mi confesión y haré una mejor pronto, porque volveré a escribir. Nada quiero dejar atrás, que pueda indignar mi espíritu, ni perturbarlo. Nada quiero dejar atrás, tal y como soy.
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