Me resulta muy difícil determinar con total exactitud y seguridad, si es que esto fuera posible, más allá de la ambición del orgullo humano, la naturaleza de mi enfermedad.
Mi enfermedad es aquello que, como un obstáculo, puede ralentizar o detener mi calidad de vida. Por esto entiendo la salud, el correcto funcionamiento de mi vida. La vida natural del hombre que me habita o que habito.
Soy hiperactivo. Lo soy porque probablemente lo heredé genéticamente. Soy una persona distraída. Invento constantemente formas de escapar de lo cotidiano, sea más o menos cómodo. Es algo que no puedo resistir. Que está muy por encima de mis fuerzas.
Ahora, sufro esta dolencia con más intensidad que cuando era un niño. Tengo una vida adulta con retos de vida adulta. Tengo un trabajo que tengo miedo de perder. Sufro presión del exterior. Sufro abatimientos en mi sensibilidad que dramatizo y pretendo restregar en los demás, porque yo mismo no lo soporto solo.
Quiero cambiar mi vida, pero sólo la sufro. Para mí, todo está lo suficientemente conectado como para que surja el pensamiento, el choque frontal de las ideas que deja espuma, después de la violencia. Espuma que borra el viento del olvido. Esto para mí es la vida consciente. Una vida fugaz e insegura que baila entre los extremos. Que casi nunca está en ese punto medio de equilibrio codiciado.
A su alrededor, hay mil exageraciones y sueños fantasmales. Muchos son recuerdos que se alejan y se deforman. Que se mezclan con otros nuevos. Son historias que nosotros mismos nos contamos por dentro, en la celda del ser. La concha de cualquier criatura.
Toda mi vida he sido orgulloso. No he cedido cuando se me antojaba el primer capricho que me encontraba. Era después, de repente, cuando me retiraba avergonzado al sufrir el embiste de mi adversario, quienquiera que fuese en aquel momento. Esto pasó muchas veces y lo recordé para sobrevivir.
La versión del hombre en mí es más atormentada, más retorcida de lo que deseo que trascienda. Porque creo que aún es muy pronto para trascender así, incompleto, lleno de dudas, de admiración ante el misterio más sublime y de desprecio ante lo cotidiano. Se acentúa esta dualidad. Se acentúa como las alturas de mi alma, mortal o no, hacia el porvenir.
Pero a veces no sé que pensar. Todo se me oscurece y se vuelve una amenaza. Me vuelvo obstáculo de mi entorno y siento como si fuese a apartarme en cualquier momento, como a un insecto o a una hoja de árbol. Yo no quiero ser así. No creo que pueda haber verdadera dignidad humana si esto es así o no puede cambiar.
Luchar por la dignidad humana es seguir buscándola. Si se cree haber encontrado, se lucha por conservarla. Es realmente difícil aceptar que todos cometemos los mismos errores. El que lava una cara, tiene el culo sucio. Es después, cuando nos limpiamos en la intimidad.
No mintamos sobre nuestra miseria. Huimos con miedo. Mi miedo es que me desprecien. Que no me valoren como deseo, como quiero ser. Es decir, como quiero mantenerme siendo. Todo sucede de una forma que no puedo controlar. Mi mejor plan no puede resistir el desbaratamiento inesperado de un detalle que se descuidó. Pero no es uno ni dos. Son tantos como las estrellas. Así sucede lo que nadie sabe.
Voy a contar lo que me parece más cercano a la verdad en este momento. Ciertos textos muy antiguos. Textos que fueron atribuidos a una persona que fue amante de la verdad. Que quiso ser recordada como tal, se arriesgó por ese ideal, con el peso de todos los riesgos que conllevaba.
Sinceramente, puede que sean mis prejuicios empecinados o esta tendencia a la locura, pero yo me siento muy alejado de este hombre desconocido. Hombre, porque yo también soy hombre y quiero ver en él, o en cualquiera que no sea él, aquel ideal de hombre en el que pueda reposar sin más miedo, ni envidia, ni odio.
Hombre cuidadoso de los detalles. Responsable, caballero. Solidario. Estricto con los malvados. Aún no tengo claro cómo fue capaz de incluirlos y no excluirlos para su humillación. Para gloria de los buenos. Es algo que todavía no creo comprender. No soy más que un novicio.
Ardo por la filosofía. Soy un fuego joven. Me refugio en la esperanza de encontrarla, porque si en ella no se encuentra el consuelo más conveniente para nosotros, yo no sé dónde pueda encontrarse, ni ahora ni nunca. Pero sólo es en ella donde he creído ver un atisbo de sentido, pues los impulsos pasionales me han devastado y dejado lleno de confusión. Angustiado y cansado. Puede que sólo sea mi imaginación o mi tozudez. Yo me siento así y es ridículo ocultarlo, aparentar lo contrario.
Si busco mi filosofía, es porque busco el autocontrol y la libertad para ser como realmente quiero ser. Yo no sé si esto es posible, pero sé que lo deseo y sueño con ello, que no he podido ver en ello ninguna maldad, ni contra mí mismo ni contra nadie, sino todo lo contrario. Es la miel de mi recreación, pero yo no lo sabía, y andaba buscando cosas inferiores que en poco o en nada se le parecían, si bien a veces se me ocurre que esas pequeñas delicias fueron preparando esta última, que aún no es más que una búsqueda que se aclara tras duros golpes del destino.
Quiero aclarar que no me parece que un filósofo pueda dejar de hacerse filósofo. Ahora bien, un filósofo busca la verdad. La vive y la siente porque la es, también. Es parte de ella, y parte de la presunción, de la convicción de que esto no lo puede cambiar, sino sólo utilizarlo para conseguir su fin, que es llegar a la verdad.